La inflamación puede definirse como una respuesta local al daño celular, que se caracteriza por aumento del flujo sanguíneo, vasodilatación capilar, infiltración de leucocitos y la producción local de mediadores de inflamación por parte del huésped. La inflamación es parte de la respuesta y es necesario el retorno a la homeostasis luego de daño producido por un agente infeccioso, daño físico o estrés metabólico.

La inflamación puede hacerse crónica, y puede contribuir a enfermedades como la diabetes tipo 1 y la hipertensión.

 Los patrones de consumo saludable se han asociado con bajas concentraciones de marcadores de inflamación. Entre los componentes de una dieta saludable el consumo de cereales integrales, pescado, frutas y verduras se asocian con menor inflamación, la vitamina C, E y los carotenoides disminuyen la concentración de marcadores de inflamación.

La inflamación puede definirse como una respuesta local al daño celular, que se caracteriza por aumento del flujo sanguíneo, vasodilatación capilar, infiltración de leucocitos y la producción local de mediadores de inflamación por parte del huésped. La inflamación es parte de la respuesta y es necesario el retorno a la homeostasis luego del daño producido por un agente infeccioso, daño físico o estrés metabólico. Al no resolverse completamente la inflamación o por la persistencia del estímulo que dispara la respuesta, el proceso inflamatorio puede hacerse crónico.

Una importante cantidad de procesos patológicos cursan con inflamación, entre ellos: artritis reumatoide, asma, enfermedad de Crohn, colitis ulcerativa, fibrosis quística, psoriasis, lupus, diabetes tipo 1, diabetes tipo 2, arterosclerosis, obesidad, enfermedades cardiovasculares, quemaduras, trauma, sepsis, cáncer, sarcopenia. Existen marcadores solubles y de superficie celular que pueden cuantificarse en sangre, pero no diferencian si la inflamación es aguda, crónica o de bajo grado. No existe actualmente consenso sobre el o los mejores marcadores de inflamación de bajo grado, o la identificación de marcadores que diferencien inflamación aguda o crónica o las diferentes fases del proceso inflamatorio. Se han descrito factores como el momento de toma de muestra, edad, dieta e índice de masa corporal que pueden afectar la concentración de un determinado marcador de inflamación.

La inflamación es un proceso útil y eficiente en condiciones normales, que también puede contribuir a la patogénesis de enfermedades crónicas como la diabetes mellitus tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. En estas enfermedades, ácidos grasos saturados, lipoproteínas y agregados proteicos, disparan la respuesta inmunitaria y producen inflamación, que al no poder ser fácilmente eliminados, perpetúan la respuesta y contribuyen con la persistencia de la enfermedad.

Existen factores nutricionales que pueden afectar o modular el sistema inmunitario. Entre ellos se incluyen la ingesta total de calorías (tanto el exceso como el déficit), grasas totales, tipo de grasas, vitaminas A, B6, C, D y E, carotenoides, hierro, zinc y selenio. Las investigaciones sugieren que la alteración o modulación de la respuesta inmunitaria a través de la dieta puede ser útil para prevenir o para tratar una amplia variedad de patologías como hipertensión arterial, resistencia a la insulina, diabetes, infecciones, asma, alergias alimentarias, etc.

Algunos ejemplos de beneficio son claros (vitamina C sobre número y respuesta de linfocitos T) así como el efecto negativo de las deficiencias de nutrientes (zinc y respuesta inmunitaria, vitamina A y función de macrófagos).  Para la mayoría de los nutrientes existe un rango de concentración en la que el efecto sobre el sistema inmunitario es positivo, pero el sobrepasar este rango en ambos sentidos, tanto hacia el déficit como hacia el exceso, tiene consecuencias negativas.

En dietas hipocalóricas

Se ha asociado a disminución de niveles de marcadores de inflamación. Al ocurrir pérdida de peso y disminución de tejido adiposo disminuyen las señales inflamatorias y la secreción de citoquinas.

Dieta mediterránea. Existe gran variación acerca de la composición de la dieta mediterránea pero en general consta de aceite de oliva, frutas, vegetales, nueces, granos, cereales integrales y la presencia variable de productos lácteos bajos en grasa. La mayoría de la evidencia soporta el efecto antiinflamatorio de la dieta mediterránea disminuyendo los niveles de IL-6, proteína C reactiva y moléculas de adhesión celular, siempre asociado a la presencia de aceite de oliva.

Dieta vegetariana. PCR y otros marcadores de inflamación son menores en individuos vegetarianos comparados con no vegetarianos.

Una dieta balanceada favorece el funcionamiento óptimo del sistema inmunitario y es teóricamente posible prevenir y tratar enfermedades modulando la respuesta inmunitaria a través de la dieta.

Los patrones de alimentación (como la dieta mediterránea y las dietas hipocalóricas controladas), la reducción de grasas totales, el aumento en la relación de grasas insaturadas/saturadas, adecuado consumo de vitaminas y minerales y la inclusión de antioxidantes, son medidas que pueden ser beneficiosos en la modulación de la respuesta inmunitaria. Esto tiene especial importancia en los individuos con exageradas respuestas inmunitarias como en alergias alimentarias, enfermedades inflamatorias crónicas y enfermedades autoinmunes. (Bibliografía: https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-07522014000100009).

Los alimentos básicos para una buena alimentación son aquellos que son alimentos frescos, reales, ya que, una alimentación demasiado transformados, sin nutrientes y extraños, el cuerpo no lo gestionará bien y creará una reacción de alarma o inflamación.

Las causas de la inflamación de bajo grado:

  • Sedentarismo
  • alcohol
  • tabaco
  • estrés crónico
  • mala alimentación
  • mal descanso

Alimentos que debemos comer con moderación (en menor cantidad):

  • Harinas o cereales aunque sean integrales, por ejemplo: pan integral 1-2 veces al día o pasta integral, no más de 1-2 veces a la semana (optar mejor por legumbres o tubérculos)
  • Bollería casera (sin azúcar, sin edulcorantes, sin harinas refinadas) 1-2 veces a la semana.
  • Carnes procesadas como el jamón ibérico, jamón cocido, lacón ibérico…1-2 veces por semana.

Alimentos antiinflamatorios (con nutrientes):

  • Frutas, todas
  • verduras, todas
  • Legumbres
  • frutos secos y semillas
  • tubérculos
  • carne de calidad
  • pescado azul o blanco
  • huevos
  • lácteos fermentados como el yogur y el queso
  • aceite de oliva virgen extra
  • Especias
  • cacao puro

¿Qué pasa entonces?

Cuando estamos inflamados y nos hemos alimentado con estos alimentos inflamatorios, nuestro sistema inmune requiere mucha energía.

Estamos más cansados y necesitamos comer de manera constante productos que hagan que recuperemos la energía de inmediato (azúcares, harinas refinadas, etc.) aunque esta sensación es momentánea. Esta consecuencia hará que no nos apetezca movernos, esto sumado con una mala alimentación, nos hará acumular grasa más de la debida, que será la vía por la que nuestro cuerpo mantendrá esa inflamación de bajo grado. Además le sumamos el componente emocional, un bajo estado de ánimo que nos conducirá a relacionarnos pero con la comida y descansaremos peor.

Por tanto, cuando comemos alimentos que elevan rápido la glucosa en sangre (índice glucémico alto), como son los ultraprocesados, se genera una inflamación y estrés oxidativo, lo que provoca mayores picos de glucosa en sangre después de su ingesta.

Hay que saber elegir bien los hidratos de carbono para que nuestro metabolismo funcione mejor. (Bibliografía: blanca García-orea Haro, libro: dime qué como ahora).